Suele ser conveniente no perder de vista el objetivo. Sobre todo, cuando la ansiedad colectiva atenta con ser protagonista hasta en un crucero de placer (sí, suena redundante. ¿Acaso hay cruceros de castigo?). Es por eso que, aun en experiencias felices como ésta alguien pierde su campera y se le cae un termo antes del check in en la Terminal Internacional Quinquela Martín. Sin embargo, es comprensible esta euforia "in crescendo" durante el embarque de 2 mil personas. Ya con un jugo de bienvenida y los pies sobre la cubierta del espectacular MSC Armonía, uno no puede evitar preguntarse cómo habrá sido embarcar en tiempos no tan lejanos, cuando no existían tarjetas magnéticas para usar como llave de cabina ni medio de pago a bordo.
Para tomar cierta conciencia de la dimensión concreta del viaje, podemos comenzar apuntando que el MSC Armonía tiene 251 metros de eslora y 28,80 de manga, con un total de 777 cabinas (internas, externas y suites con balcón) para 2.087 pasajeros. La velocidad es de 21 nudos, los ascensores son 9 y el peso de la nave es de 58.625 toneladas. Una palabra lo define: imponente.
La primera impresión al recorrer el barco (y la segunda y la tercera) es que uno se perderá todo el tiempo. Pero con el correr de las horas y los días se toma con familiaridad que el puente 5 vendría a ser la "planta baja" donde se encuentra la recepción, y cuenta con el pub inglés donde está permitido fumar, el shopping Via della Spiga y computadoras con acceso a Internet y zona wi fi.
Del lado de la popa está el restaurante Marco Polo (allí se cena en dos turnos con mesa asignada), y del lado de la proa, el Teatro La Fenice, que abarca también el deck (o piso) 6. En éste se destacan el exclusivo restaurante La Pérgola, el casino y varios bares y cafés con piano incluidos.
Sin embargo, la mayor cantidad de actividades a bordo se desarrollan en el piso 11. Es que aquí se encuentran La Brasserie -donde se sirven los desayunos, almuerzos y meriendas buffet-, la piscina y los jacuzzis, el gimnasio, el spa y el salón de belleza, los bares al aire libre y la pizzería. Con mayoría de argentinos a bordo, este rincón llamado Il Girasole Restaurant sirve, con éxito absoluto, variedad de pizzas de 12 a 18 horas sin descanso. Más arriba aún, entre los pisos 12 y 13 están la pared de escalada y el minigolf.
Para quienes se olvidaron por un instante que están en un barco y ya están tomando sol y nadando en la piscina antes de que se zarpe del puerto de Buenos Aires, la primera actividad con "participación obligatoria" es un simulacro de emergencia general, con explicación sobre el uso de los salvavidas, las salidas y los botes.
A la mañana siguiente, cuando el mar verde deja atrás el Río de la Plata, los pasajeros bajan en lanchas a Punta del Este. Entonces uno se reencuentra con la hospitalidad uruguaya, gente que camina sin apuro con termos bajo el brazo y vendedores de sombreros y túnicas que saben que será su día de suerte. O sus seis horas de suerte, hasta que la nave siga con rumbo a Brasil.
Por ser un Crucero Fitness, todos los días hay actividades programadas de pilates, step, localizada, spinning, ritmos latinos y yoga. Se suman los shows de tarde y noche del equipo de animación (incluyendo los clubes Mini, Junior y Teen) y la música del DJ en la disco Starlight. Donde se encuentre a la 1.15 cada uno, degustará los snacks nocturnos.
Después de una jornada completa de navegación (mientras algunos optan por el bingo, otros alternan la lectura con la contemplación del mar), se arriba a Ilhabela. Como una maqueta se despliega, colonial y verde, frente a los pasajeros entusiastas. Al otro día, será Buzios la anfitriona: los pasajeros recorren las playas más famosas en escuna, se bañan en el mar o caminan por la costanera y la comercial Rua das Pedras.
A la noche de gala -ansiada velada para quienes trasladaron su placard entero al barco- le siguió la "casual blanco" y una seguidilla de anécdotas que pasaron a segundo plano al aparecer a babor el Corcovado con su Cristo Redentor y el Pan de Azúcar, íconos de Río de Janeiro. No importa cuántas veces se haya estado ahí. Ninguna se compara con empezar la visita embarcado.
Los dos últimos días quedarán para el ocio: sol y pileta, comida a toda hora, últimas compras y show de despedida. Entonces, se ven los contenedores del puerto y ¡cómo duele Buenos Aires!
Fuente: Clarin
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